El imperio Fake

patricia bullrich

Por Matías Mowszet

La política argentina navega entre fake news y versiones apocalípticas que socavan la confianza en las instituciones y siembran una confusa nebulosa en el que el límite de lo racional y lo inverosímil se desdibuja.

Durante la semana, la polémica que generó un intenso ida y vuelta entre los sectores que polarizan el escenario político fue la acusación que realizó la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, contra el ex ministro de Salud, Ginés González García. Lo que dijo, en pocas palabras, fue que el Gobierno fracasó en las negociaciones con el laboratorio Pfizer porque insistió en la intermediación de un socio argentino que negociara coimas para firmar el acuerdo.

Tras esto, Pfizer salió rápidamente a desmentir los dichos con un comunicado escueto. Negó que hubiera habido peticiones de sobornos o pagos indebidos y negó también la supuesta petición de intermediarios en la negociación.

En resumen, dio a entender que todo lo dicho por Patricia Bullrich en una entrevista brindada al canal La Nación Más había sido mentira.

Ginés González García reapareció tras meses de ausencia después del escándalo de las vacunaciones irregulares y anunció que iba a iniciar acciones penales y civiles contra la ex ministra de Seguridad por los agravios. En su cuenta de Twitter, Bullrich redobló la apuesta e hizo una interpretación rebuscada del breve comunicado de Pfizer para decir que no la habían desmentido.

Al ratito, vino el golpe que terminó de instalar el tema en el plano informativo nacional y fue la respuesta, también por vía Twitter, del presidente Alberto Fernández, que repudió este tipo de prácticas y anunció que instruiría a sus abogados para que el lunes le inicien acciones legales a la presidenta del PRO.

La ruptura del caparazón mediático de protección obligó a que muchos referentes de la alianza Juntos por el Cambio se expresen y rechacen las acusaciones falsas como forma de ejercicio político. La propia Elisa Carrió salió a atacar a Patricia Bullrich por esto. Aunque, claro, este ataque también tiene que ver con rivalidades y enconos personales entre ambas dirigentes.

El deschave se inició con la desmentida de Pfizer, que fue crucial para que los acontecimientos tomen ese curso y arrinconen a la acusadora. De no haber existido esa comunicación de la empresa farmacéutica, el recorrido lógico de la noticia era que los medios se hicieran eco de la versión, un juez la tomara de oficio para investigarla y, durante dos semanas, el tema principal en la agenda política hubiese sido que el Gobierno le pidió coimas a Pfizer. Recién cuando se comprobara que era mentira, ya todos se habrían olvidado de la polémica.

El comunicado del laboratorio cortó con esa cadena lógica de acontecimientos, pero ese “que habría pasado”, que no deja de ser contrafáctico, toma una importancia especial en este caso porque revela un marco de acción en el que las fake news son una herramienta útil de construcción política para ciertos sectores.

El evento que puso de manifiesto de manera brutal esta práctica fue la campaña presidencial de Brasil de 2018, en la que toda la estrategia política y comunicacional de Jair Bolsonaro consistió en el armado de relatos basados en fake news para construir un clima de conspiranoia permanente.

Aquella campaña mudó los canales oficiales de difusión de mensajes y los corrió de las redes habituales (Twitter, Facebook, etc) para llevarlos a Whatsapp. El armado de grupos de Whatsapp fue la herramienta de comunicación más efectiva, no solo por la inmediatez, sino porque se establecían “zonas seguras” de control y contrastación informativa por fuera de las discusiones públicas.

En un grupo de Whatsapp se podía decir absolutamente cualquier cosa sobre cualquier persona y nadie tenía el acceso para contestar, para reportar o incluso para tomar cartas legales por las calumnias que sucedieran. Se vomitaban fake news que radicalizaban a un importante sector de la sociedad, pero sin acceso a nadie que pudiera deconstruirlas o clarificar el escenario. Era el sumum del juego sucio.

En Argentina, la situación es mucho más compleja por varios motivos. En primer lugar, porque el escenario de la pandemia facilitó la tendencia a la conspiranoia y dejó tierra fértil para la instalación de una maquinaria de fake news. Segundo, porque hay una estructura mediática tradicional que, a diferencia de Brasil, está dispuesta a contribuir a la estrategia de construcción de climas a través de noticias falsas.

Estas fakes se adecuan permanentemente al discurso circunstancial opositor de cada momento y se retroalimenta con el relato político. Los dichos de dirigentes opositores generan fake news que se esparcen y, a su vez, estos dirigentes se nutren de las fakes para delinear su discurso público.

El primer contrato que Argentina suscribió con un laboratorio fue con AstraZeneca en agosto del año pasado. Allí se concretó el proyecto de la fabricación conjunta entre Argentina y México para la distribución a toda Latinoamérica. Las primeras dosis de ese convenio llegaron esta semana tras una demora que tuvo México para envasar el producto y que incluyó una retención de varios meses en Estados Unidos.

Después de esa firma en agosto, comenzó la intensa campaña antivacunas que tuvo tres patas: dirigentes políticos opositores, medios tradicionales de comunicación y redes sociales. Allí aparecieron noticias de supuestos efectos colaterales de las vacunas, marchas en la calle contra las vacunas, agitación de la negativa a inocularse y una visión apocalíptica de las consecuencias de “probar con humanos”.

Las imágenes de una conductora de televisión tomando del pico una botella de dióxido de cloro no estuvieron solas. Fueron acompañadas por otros eventos, menos mediáticos, pero más importantes. La diputada Mónica Frade, de Juntos por el Cambio, presentó al Congreso un proyecto para que se autorice y recomiende sanitariamente la ingesta de dióxido de cloro. En las marchas opositoras repartían botellas de ese líquido también.

La versión curandera alternativa ahora denunciaba a los laboratorios, los acusaba de una supuesta fabricación artificial del virus y el relato llegaba al punto de denunciar la implantación de chips en el contenido de la vacuna.

Se dio la curiosa interacción de que espacios de derecha cuestionaran y acusaran a la industria farmacéutica privada y a multimillonarios como Bill Gates, una prédica que se ajusta más a las visiones más conspiranoicas de la izquierda.

Sin embargo, la primera vacuna en llegar al país, en diciembre de 2020, fue la Sputnik V del Instituto Gamaleya de la Federación Rusa, por lo que la campaña de fake news estuvo centralizada en atacar ese producto puntualmente. Por los medios masivos circulaban historias de efectos colaterales de la Sputnik e, incluso, una mala interpretación de dichos de Vladimir Putin cuando todavía no estaba aprobada para mayores de 60.

Expresiones como las de esta semana que “denuncian” supuestos imanes en la vacuna resultan desubicados ahora, pero eran una constante durante la primera fase de la campaña vacunatoria.

Incluso, estuvieron acompañados por el relato político de la alianza Juntos por el Cambio, que presentó una denuncia penal contra Alberto Fernández y Ginés González García por “envenenamiento”.

Cuando su calidad y efectividad fue avalada por la revista The Lancet, y luego con el escándalo de la vacunación VIP, el discurso se muda y ya no predominan las fakes sobre lo “malo que es vacunarse” sino sobre un “plan espurio del gobierno para no vacunar”.

El discurso político se mudó a supuestos contratos de vacunas que el Gobierno habría rechazado. De pronto, resultaba que Pfizer había querido enviar 13 millones de dosis, que Estados Unidos quiso donar 15 millones y que Chile se ofreció a darnos otras 15 millones.

En un mundo en el que escasean las vacunas, el relato público de un sector político y mediático es que todo el mundo quería inundarnos de vacunas pero el Gobierno, que quiere tenernos encerrados, las rechazó para que sigamos en cuarentena.

En este marco se inscribe este nuevo ataque de Patricia Bullrich, que contó con la mala suerte de que la versión escapó a la lógica de la “política interna” de Argentina y llegó a oídos de Pfizer, que tuvo que salir a desmentir.

Entre esto y las nuevas marchas anticuarentena que tienen el sutil problema de replicar fakes viejas, que ya no se usan, es que el ataque político naufraga en un mar de incertidumbres, narrativas caducas y una débil frontera entre la realidad y la fantasía.

La estrategia de polarizar a la sociedad muta hacia una nueva estrategia en la que la realidad deje de ser un punto de apoyo y consenso general, para replicar el “modelo Brasil” y crear un clima de conspiranoia constante donde, ni los postulados científicos ni el imperio de la verdad, sean el punto de partida para las discusiones.

Lo importante es ganar, y hacerlo a cualquier costo.   

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