Recuperar la unidad como identidad política

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Por Matías Mowszet

Gran parte de la tarea del “buen político” consiste en reconocer el capital político desde el cual es posible crecer, construir hegemonía o, bien puede ser, sostener la hegemonía ya creada. La típica tarea de identificar virtudes para potenciar y defectos para corregir, puede resumirse en buena parte desde el hecho de darse cuenta por donde pasa la narrativa desde la que te sostenés o desde la que se sostiene el adversario.

¿Por qué comenzar esta nota de manera tan abstracta y críptica?

Porque durante la última semana, el gobierno liderado por Alberto Fernández vivió la peor crisis política desde que asumió en Diciembre de 2019. El tenor de esta crisis política que la hace más peligrosa que otras, como la del “viernes negro” en que salió a la luz el vacunatorio VIP, es que pone en cuestión el principal capital político del Frente de Todos: la unidad.

El confuso episodio de la semana pasada en el que el Ministerio de Economía aseguró que se había cursado el pedido de renuncia al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, y el entorno de éste lo negaba, pusieron contra las cuerdas la tan mentada unidad de la coalición gobernante.

Sobre todo porque enfrentaba, de manera tajante, al entorno directo del presidente con el entorno directo de la vicepresidenta. Según aseguraban en Economía, la decisión de echar a Basualdo, hombre de Cristina, estaba rubricada por el jefe de gabinete Santiago Cafiero y por el propio Alberto Fernández.

En un marco de decisiones atado a un pacto electoral para un frente amplio en el que las directivas no pueden excluir a una pata fundamental como lo es Cristina, este desencuentro sacudió la estantería.

Si bien está relacionado a un desacuerdo anterior respecto a la decisión tomada por el ministro de Economía, Martín Guzmán, de aplicar un aumento tarifario que allane el camino de las negociaciones con el FMI y la negativa de Basualdo de implementar dicha decisión, lo que encendió las alarmas fueron las formas.

La confusión derivó en declaraciones en los medios de distintos agentes políticos del frente, identificados en los dos bandos del conflicto, para fortalecer la posición adoptada por ese bando. En algunos casos, con atisbos de agresiones o críticas que ponían en peligro la convivencia gubernamental.

El jaque a la unidad no es asunto menor en la agenda del Frente de Todos, principalmente por el fuerte componente identitario que esta unidad tuvo en la construcción de la hegemonía que los llevó al poder.

El bombazo del 18 de Mayo de 2019, aquella mañana en la Cristina sacó un video en sus redes anunciando la fórmula con Alberto Fernández y descolocando a propios y extraños, marcaba el punto de partida de lo que sería una poderosa narrativa de campaña.

El mensaje era “me pedían autocrítica, no hay autocrítica más grande que, siendo la que más votos tiene, correrme al segundo lugar para que encabece alguien que me criticó”. Alguien que la criticó. Una señal de apertura que contrasta con la imagen mediática que existe sobre ella: una suerte de emperatriz colérica, autoritaria y superpoderosa.

Los propios medios que la odiaban ayudaron involuntariamente a construir esa narrativa cuando, en las primeras horas posteriores al anuncio, desempolvaron el archivo para mostrar las “contradicciones de Alberto” de como atacaba a Cristina años atrás y ahora se erigía como su candidato.

A las horas, se dieron cuenta que habían caído en la trampa que la propia ex presidenta les había tendido. Comenzaba a circular en el frente (opositor por ese entonces) la mística de la unidad, a la que luego se le pondría la frutilla de la incorporación de Sergio Massa.

El análisis de un columnista de TN durante la noche electoral del 27 de Octubre de 2019 fue “el peronismo unido te gana”. Esa narrativa de unidad fue central durante toda la campaña y, también, durante todo el gobierno.

Con la construcción de nuevas relaciones entre los distintos actores políticos que la componen, el Frente de Todos fue mostrando interesantes imágenes como la de una nueva amistad que se percibe sincera entre Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, algo que ya excede el parámetro de “compartir coalición” sino que va a un entendimiento mayor entre dos dirigentes que supieron atacarse de maneras despiadadas.

Es por todo esto que la mayor amenaza que tiene la alianza gobernante no es la grieta social que Alberto predicó querer cerrar en su discurso de asunción y ya descubrió que es imposible, sino las grietas internas que puedan surgir en el frente.

Más allá de encuestas o termómetros sociales, todos los actores políticos saben que el primer síntoma real de crisis en la estructura de gobierno cuando se trata de una administración peronista es la sangría de dirigentes por desencuentros internos.

Existió una prédica optimista de los derrotados en 2019 que decía que aquella unión tenía como horizonte último la victoria electoral y el acceso al poder, pero que allí se agotaban las coincidencias para continuar con la construcción de un programa conjunto que los contenga a todos.

El pronóstico decía, con buen tino, que cuando las grietas de una coalición tan heterogénea empiecen a aparecer, el gobierno iba a comenzar su caída libre.

Es por eso que el mayor logro que la gestión Fernández podía mostrar a nivel político es que este año y medio tuvo un acatamiento y conservación total de la unidad originaria que fue a las urnas en 2019.

Los intentos de cooptación de sectores peronistas para proyectos alternativos que raspen a la “versión oficial” del peronismo cayeron en saco roto. Las únicas expresiones en este sentido provienen de dirigentes que ya se encontraban fuera de este esquema como Guillermo Moreno y como Florencio Randazzo. Este último, uno de los vetados de Cristina para acceder al gabinete.

Es por todo esto que el síntoma de los cruces públicos y la posibilidad de “heridos de peso” dentro de la discusión tenía que ser zanjada rápidamente por el gobierno.

El acto en Ensenada del jueves tenía un carácter rutinario, consistía en la inauguración de viviendas sociales construidas por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires con fondos federales y cuyas participaciones protocolares correspondían ser para los tres titulares ejecutivos de esa ciudad: el intendente Mario Secco, el gobernador Axel Kicillof y el presidente Alberto Fernández. De hecho, ese fue el programa de oradores, que no varió aún con la presencia de Cristina Fernández de Kirchner al lado del presidente.

Estar pero no hablar, una nueva característica de la presencia magnética de Cristina en esta ocasión que tenía un objetivo único: zanjar diferencias y mostrar la imagen de la unidad. Había que explicitarle a una dubitativa base electoral que la coalición goza de buena salud.

El acto y la foto tranquilizaron los ánimos internos y embarcaron al frente hacia la lucha contra un adversario común, en este caso, con el Presidente señalando de manera inequívoca al poder judicial.

En esta ocasión, que marcó el primer desencuentro de peso entre las figuras centrales de la coalición, primó de manera inmediata el instinto de autopreservación. Tuvieron una reacción rápida y una respuesta contundente para enterrar un conflicto que, de crecer, podría haber amenazado los propios cimientos de poder de Alberto Fernández  

La narrativa de la unidad sostiene a una estructura gubernamental en medio de una pandemia y una crisis económica mundial. Cuando se pierda (sea la unidad o sea la narrativa) comenzarán a sonar las primeras campanas de alarma importante.

Por ahora, pese a los múltiples problemas, la foto es un certificado de buena salud, aunque con la advertencia de cuidarse, moderando el estrés y el impacto de los disgustos.  

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