Elecciones en Perú y México: unidos ante la crisis de partidos tradicionales

Por Flor Grillo

Los dos países latinoamericanos con mayor tradición prehispánica coinciden este domingo en las urnas.

 

En Perú se renovarán por completo las autoridades del poder ejecutivo central, mientras en México se votarán alcaldes, diputados locales y federales, además de 15 gobernadores, un poco menos de la mitad de los cargos disponibles en ese nivel.

 

En el país andino podría ocurrir un giro muy interesante si es que Pedro Castillo logra imponerse sobre Keiko Fujimori, mientras en el norte, México definirá si el rumbo iniciado por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es o no el adecuado para la segunda mitad de su mandato de seis años.

 

En ambos países, las fuerzas políticas tradicionales han formado alianzas en contra de las inminentes transformaciones, a las que conciben como amenazas definitivas a la democracia.

 

Así, por ejemplo, el equipo técnico de asesores de Keiko Fujimori congrega a personalidades surgidas de los últimos cinco gobiernos calificados como neoliberales, todos unidos contra lo que consideran podría llegar a ser un “neo comunismo». Por su parte, el trío de todos los partidos mexicanos (PRI, PAN, PRD), derrotados electoralmente por el obradorismo en 2018, ha sellado una extraña alianza para sobrevivir a la tormenta llamada Morena. Más que una alternativa, estas nuevas uniones podrían catalogarse como una sociedad de hecho que busca no extinguirse.

 

Otro denominador común entre Perú y México es el nivel de polarización -y radicalización- con el que se enfrentaron los discursos políticos antagónicos durante las campañas.

 

Desde la perspectiva de los defensores del sistema, es decir, Keiko y el llamado Prianrd, lo que se anuncia venir es una catástrofe. Lo curioso es que esta retórica versada en calamidades termina siendo útil a los supuestos cultores del cambio. Hoy, tanto AMLO como Castillo pueden postularse como luchadores titánicos contra la adversidad perversa del sistema que hoy se encuentra en crisis. En un contexto internacional muy particular donde se están desarrollando en simultáneo procesos sociales transformadores en Colombia y Chile, la retórica áspera de los candidatos ha ido en aumento y por supuesto, el tópico Venezuela nunca dejó de ser un tema que ha marcado la agenda.

 

Otro rasgo compartido entre México y Perú es la ausencia de sistemas de partidos representativos.

 

La situación actual en el sistema de partidos mexicano se puede describir como una desinstitucionalización significativa respecto al pasado, cuyas causas son complejas e involucran: una creciente insatisfacción de los electores con el desempeño de los gobiernos de los partidos tradicionales (particularmente en temas tales como la economía, la seguridad pública y el combate a la corrupción), con sus alianzas en las arenas electoral y legislativa; los numerosos escándalos de corrupción, así como un creciente rechazo de los ciudadanos a la “cartelización” del sistema, entendida como una creciente captura de cuantiosos recursos estatales (subsidios, patronazgo y corrupción) por los principales partidos políticos, que se combina con su gradual alejamiento de la sociedad.

 

Los ciudadanos mexicanos que no se identifican con ningún partido político se han incrementado considerablemente en la presente década hasta constituir la mayor parte del electorado. Este incremento del apartidismo ha tenido a su vez importantes consecuencias para la competencia política y la configuración actual del sistema de partidos mexicano.

 

La ampliación del mercado electoral, como consecuencia del desalineamiento del electorado respecto de los principales partidos, ha incentivado tendencias crecientes de fragmentación partidista, competitividad y volatilidad electorales, así como una menor institucionalización del sistema de partidos.

Esa crisis de los partidos tradicionales fue capitalizada por López Obrador y su partido, Morena, que lograron un espectacular apoyo entre los votantes independientes, capturando así, no sólo la presidencia, sino el control de ambas cámaras del congreso federal, gubernaturas y numerosos congresos locales. Ahora sólo queda ver si ese capital que supo construir eficazmente, logra sostenerse o incluso ampliarse.

 

En el caso peruano, lo que tuvo continuidad en la era post-fujimorista es la ausencia de partidos políticos fuertes, estructurados o ideologizados. La tecnocracia de los expertos reemplazó a los partidos “ideologizados”.

 

Todo lo que había tenido de politizador la década del ochenta durante la Guerra Fría, lo deconstruyó la década del noventa. Ahora la relación con el electorado es realizada casi estrictamente desde un prisma mediático, y con liderazgos que muy poco tienen que ver con las formas doctrinarias de antaño. La eficiencia de una élite de expertos tomó las riendas del Estado.

 

Un dato notable es que en los últimos 5 años ha tenido 4 presidentes: Pedro Pablo Kuczynski (“PPK”) -electo con poco más del 50% de los votos, que renunció tras verse contra la espada y la pared en un proceso de impeachment-, Martín Vizcarra -destituido por denuncias de corrupción-, Manuel Merino -gobierno de breve duración, sin respaldo legislativo- y el actual presidente Francisco Sagasti -cuya imagen positiva va en picada-.

 

Una particularidad que ofrece el caso peruano es la elevada fragmentación de su Congreso de tipo unicameral, lo que dificulta la negociación por parte de los presidentes para llevar adelante su agenda legislativa y hace que la gobernabilidad y estabilidad política sea imposible.

La actual inestabilidad política es el detonante de una crisis tan larga como profunda. Desde mediados de los años 90, hay una crisis de representación en Perú: colapsó el modelo de partidos y no se han construido otros, con lo que solo quedaron estructuras muy flexibles configuradas en torno a personas y no ideas.

Ese contexto incentiva la inestabilidad en un país que tiene, en la práctica, un sistema semi parlamentario de gobierno. Solo con el 20% de los congresistas, se puede pedir una moción de vacancia al presidente; con el 40%, puede admitirse esa propuesta y con el 66%, puede aprobarse. Es decir, quien sea electo como próximo presidente de Perú tendrá que saber negociar con sectores muy diversos para mantenerse en el poder.

 

Pensemos que el neoliberalismo en el Perú “se impuso a patadas”, al igual que en Chile. No fue una opción democrática, no fue consensuada. Ese neoliberalismo está en una crisis de representatividad permanente, no logrando establecer un modelo de articulación política donde los gobiernos respondan a demandas de la población, y gestionen respuestas posibles. Hoy la política peruana es una permanente disputa por el espacio. En otras palabras, en un contexto de crisis sanitaria por la pandemia y el aumento de la pobreza, el sistema de salud o la informalidad del trabajo no fueron prioridades para nadie.

 

Ambos países irán a las urnas en un contexto atravesado por la pandemia que obligó a modificar su forma de hacer campaña, la radicalización de los discursos de ambos lados de la grieta está en pleno auge y no parece cesar en el corto mediano plazo, la violencia hacia candidatos fue extrema en algunos casos en México y el comunismo apareció como uno de los principales ejes articuladores de los discursos de los candidatos de partidos tradicionales que buscan no perder sus posiciones de privilegio en un sistema que está en crisis y tambaleando hace mucho tiempo. Sólo resta ver si el modelo llevado adelante por Lopez Obrador logra consolidarse para la mitad del mandato que resta y si en Perú finalmente Castillo y el fantasma del comunismo (y el terrorismo) alcanzan una mayoría considerable de apoyo ciudadano frente a un electorado marcado por la apatía y la desconfianza total hacia un sistema de partidos que nunca logró sanar.

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